Delirios de grandeza

En algún momento de mi semana, cuando me detengo a tomar un café o hago una pausa mental entre tantas tareas que estoy haciendo, me aparece esta inquietud. Si me ves en el trabajo que en un momento dejé de trabajar con la computadora y me quedo mirando hacia el infinito por el blindex, probablemente esté pensando en mi trascendencia. Y siento que pasa con mi vida lo mismo que me pasa con mi mirada a la lejanía, que ahí nomás se corta, con un edificio al frente y otro más alto que están haciendo más allá. Para completarla la música de fondo la ponen los colectivos que pasan y los bocinazos. Pero bueh, ya aprendí a concentrarme con ruidos. El tema es este: en algún punto me gustaría ser un Aristoteles, un Da Vinci, un Cristobál Colon, etc. Alguien que haya hecho algo en la historia y que su huella perdura atravesando generaciones de humanidad. Por supuesto que sería incapaz de cometer atrocidades como Hitler con tal de ser parte de la historia escrita. El común de los mortales se diluye en el tiempo, a lo sumo los bisnietos alcanzan a conocer su historia. Y creo que soy uno de esos. Ahora digo:¿Que puedo hacer para torcer ese destino de memoria a corto plazo? y pienso que tendría que cambiar mi vida, jugármela toda por una idea, un proyecto, una visión. Y también tendría que renunciar a esta vida de barrio, de padre, de amigo. Y no me convence abandonarla, a pesar de mi disconformidad, la disfruto. Y no se si me gusta o si como es la única vida que conozco he aprendido a llevarla.

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